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Fundación Fototeca Historica de Cartagena

Rincón de los Recuerdos

Por Alberto H. Lemaitre (Mr. Tollo)

Tomadas del libro Estampas de la Cartagena de Ayer

 

El Teatro Variedades

El segundo teatro después del Teatro Heredia fue indudablemente el popular Teatro Variedades. Y se debió al tesón del inquieto Rafael Pinzón Riveros que llegó a Cartagena representando a la filmadora Didomenico Hermanos, con su oficina de combate en la calle del Tablón.

El Teatro Variedades se comenzó a hacer en un gran solar de los hermanos Porta, solar que viene desde la Calle Larga. El Teatro era de madera y tenía como cupos: antepalcos, palcos y traspalcos. Su casilla de madera de donde se proyectaba, tenía un timbre que jalaba el operador Capozi, apellidado así, por su parecido con un actor de cine italiano, de la época. El telón montado sobre tres gruesos horcones de bambú, era de lona y estaba cocido a la madera por gruesas cabuyas. La entrada a la Platea costaba 20 centavos y la galería, detrás del telón, valía 10 centavos. Lógico que los de la galería tenía que ver la escritura al revés; muy incómoda, pero había gente que leía tan rápido como si fuera al derecho. Habían mujeres que esperaban a los lectores de corrido y les pagaban la entrada para que les leyera en alta voz lo que salía en el telón.

Infaltable al cine era el popular Nené Patica, que era muy adicto a responder a su manera a lo que se le preguntara. En una película donde aparecía en un bosque una mujer bella, que al pie de un lago se disponía abañarse, cuando comenzaba a desnudarse y le cayó el vestido a tierra, aparecía de repente un imprudente y largo tren que evitó ver la escena. Pues, el Nene Patica iba diariamente a ver la película por si el tren llegaba algún día atrasado.

En cierta ocasión dejó de ir y se le veía en el Camellón confundido y triste a lo que le preguntaron ¿qué te pasa Nene? Respondió: estoy aún sin salir de mi susto. Figúrense que mi hermano que está de Policía en Montería, casi lo matan, pues le dieron de baja al No. 37 y él es el 38. Otro día caminaba todo cojo y sus amigos le preguntaron: ¿ajá y qué te pasa Nene?. Que qué me pasa contesto Patica que me caí de una mata de Patilla y casi me parto el pie.

Como en esta época el cine era mudo, había una caseta de media agua de techo de zinc, donde tocaba un Conjunto de Música de cuerdas para amenizar las funciones. Sus eternos porteros, eran Marcelino, el sastre y Próspero, el panadero. Como ambos no sabían leer, los muchachos de la época cortaban de un cartel mural, según el color del tiquete de esa noche, un pedacito de papel tamaño del tiquete y se lo entregaban a Próspero o a Marcelino y pasaban sin ningún tropiezo.

Entre las películas que más renombre tuvieron en esta época fueron "La Máscara de los dientes blancos" "La Moneda Rota", "La Ratera relámpago", por la muy popular Perla White, "Aura o las Violetas", y muchas otras que se daban en serie los martes, jueves y sábados, tres funciones cada semana, lo que alargaba la película hasta tres meses. Fue una sensación la gran película por el ídolo mundial Rodolfo Valentino, "El hijo de Sheif" que llenó tres noches consecutivas el viejo Teatro Variedades.

Acabado el Variedades surgió entonces el actual Teatro Cartagena, que edificó la firma Lequerica Hermanos, en el mismo lote. Y de esa manera se termió la vida del Viejo Teatro Variedades.

 

Una Rara Cantina del Corralito

Esta rara cantina de Angel Navas estaba situada en pleno Portal de los Dulces un poco más acá de donde quedaba el Rosedal. Era un estrecho local, que después ocupó la Ferretería la Plaza. Esta era una cantina única en la ciudad pues, no tenía ninguna clase de licores ni bebidas gaseosas, ni su dueño dinero para comprarlos. Pero a pesar de todo esto a las seis en punto de la tarde comenzaban a llegar sus fijos clientes: Bruce Mac Master, Victor Trupin, Juancho Herrera, Federico Durier, el Chinche Porras y Jaime Vidal.

Cuando ya la gente estaba bien ubicada el dueño Navas ponía la mano abierta sobre la mesa y decía: -Hágame el favor de adelantarme un peso cada uno para comprar el animal del diablo. Cuando le entregaban el dinero corría donde su vecino, Rafael Hernández a la tienda El Gallo, y traía tres medias de ron blanco y tres limones. Cuando los clientes comenzaban a libar, Navas se nos separaba de la mesa para ver el nivel de la botella y volver con su mano abierta a solicitar otro préstamo. La cantina no tenía servicio higiénico sino una lata detrás de la puerta, que botaba un cliente cuando estaba llena, esperando las sobras de los vasos para metérselas. A ese tipo le llamaban Bebe Solo. Una lluviosa tarde invernal estaba Bebe Solo frente a un vaso medio de ron que le había caído una mosca. Se acercó uno de los clientes y le preguntó: -ajá, Bebe Solo, ¿en que piensas? a lo que respondió: aquí pensando tomarme este Moscatel, pero ya lo pensé mucho y de que va, va. Navas era muy aficionado al género femenino y a pesar de su pauperrimidad tenía tres mujeres. Una de ellas era la vendedora de lotería y de la revista Matilde y como el negocio no progresaba ni le daba buena utilidad, no había nunca dinero ni "cama para tanta gente".

Una vez llegó el carretillero el Monito Valdelamar y pidió un trago a lo que le contestaron los clientes a coro, Aquí todo se lo toma Bebe solo.

Para Año Nuevo ponía venta de pasteles de arroz hecho por una de sus mujeres pero no les ponían cerdo, pues esa carne daba la triquina; ni pollo; pues la piel daba mucho colesterol; la cebolla daba mal aliento, as1 que los pasteles eran muy especiales. Cierta noche que no hubo luz, Navas no había podido pagar el mes y saltó a todo escape a comprar velas, pues la oscurana no dejaba ver como meterse el trago, hasta que uno de los clientes se paró y gritó: -¡Yo me voy, yo no soy tan pendejo para pasar la noche en Vela!. No vendía cigarrillos pues decía que éste daba cáncer, ni gaseosa pues solo las tomaba cuando tenía una indiscreta flatulencia. La cantina se acabó una noche en que Navas iba caminando por La Avenida Daniel Lemaitre y un ciclista sin luces lo atropelló; cayó de cráneo y murió instantáneamente. Esta clase de cantina no se ven ni prosperan en ninguna otra parte del país.

 

Las Plañideras

En nuestra amada Cartagena de Indias, a fines y principios de siglo, uno se topaba con las cosas más raras e insólitas. En uno de los caseríos de gente pobre que construyeron detrás de las murallas de Santo Domingo, por allá por el año 1925, en lo que es hoy la Avenida Santander, había tres barrios a saber: El Boquetillo, Pekín y Pueblo Nuevo. En el barrio de Pekín vivían tres de las más acreditadas Plañideras de la ciudad. Plañideras eran mujeres que con carácter profesional, se dedicaban, mediante el pago de su tarifa a llorar ante los cadáveres que tenían poca gente de familia a fin de presentar un velorio importante.

En cierta ocasión en el barrio de Getsemaní, murió una señora recién llegada de María La Baja, que no tenía muchos conocidos y los pocos amigos y vecinos decidieron buscar a las plañideras a fin de que hicieran acto de presencia y lloraran de lo lindo. Y fueron a Pekín y llegaron a la casa de las lloronas. Al tocar la puerta una de ellas salió y dijo -Ajá ¿que desean?

Sus servicios señora contestó uno.

-Tenemos un velorio ya montado en el barrio del Getsemaní, pero hay poca gente y deseamos que vayan a llorar intensamente. Podrían Uds. ir a llorar unas horas? Con mucho gusto, esa es nuestra profesión. Pero para eso hay que arreglamos primero con la tarifa, y es la siguiente: 'llorada sentada la hora a dos pesos, llorada abrazando el ataúd, cinco pesos, y privada en el suelo diez pesos la hora. Al oír esto los buscadores dijeron - Bueno necesitamos tres horas de llanto con abrazo del ataúd.

Si, pero es necesario que nos adelante la mitad. Los buscadores pagaron a la señora y le manifestaron aquí tiene la dirección de la casa. En una hora estaremos allá respondió la señora. Y así fue a la hora exacta se presentaron las tres señoras todas de negro hasta los pies vestidas, con chalina negra y abanico del mismo color, con unas motas negras que colgaban de él.

Al entrar a la casa una de ellas preguntó: Y ¿cómo se llamaba la difunta? Francisca, le contestaron. Acto seguido la mayor entró a la casa con las manos en la cabeza gritando: "!Aaay Pacha, te fuiste para no volver¡" y lloraban a lágrima viva que se secaban con pañuelos negros. Como a la media hora la menor se levantó de su silla, y corrió hacia e ataúd que abrazó fuertemente gritando. "¡Av Pachota éste dolor es tremendo" A todas éstas una de las señoras de la casa trajo a una de ellas la que se veía más acabada, un consomé de pollo, a lo que al ver el pocillo gritó "!No, no me dé nada, yo lo que quiero es irme con Pacha y dejar la vida¡". La plañidera del medio corrió hacia una de las velas con rosario en mano, calentándolo en la luz e hizo tres cruces con su frente en el ataúd y di]o en latín:" ¡Ite et vita¡" Y así se pasaron las tres horas del contrato y una de las tres en la puerta de la calle dijo en alta voz

Bueno, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Ya ésta tanda se acabó y nosotras nos vamos con nuestra lloradera a otra parte. Así actuaban las plañideras de Cartagena ya en estos momentos desaparecidas.

 

Muy pronto más historias....